Crisis de fe: Notas de un diario personal

 

     Nací y crecí en una familia y entorno cristiano. Durante mi adolescencia estuve muy involucrado en diferentes áreas de la iglesia; lo disfruté bastante. Sin embargo, a mis veintiún años una extraña compañía susurró por mi ventana: ¿y si Dios no existe? O, por otra parte, ¿quiero ser cristiano? La oferta de Dios está muy buena, pero ¿qué pasa si no la quiero? Irónicamente, estaba a la mitad de una carrera en Biblia... He de confesar que me sentí aturdido; y solo era el comienzo de la noche.

     ¿Por qué debería poner en duda la existencia de Dios? ¿Por qué debería cuestionarme si quiero ser cristiano? Solo los necios dudan de Dios (Sal 14:1; 53:1). Frases que había escuchado por varios años y que yo mismo había pronunciado comenzaron a surgir: “ser cristiano es lo mejor que te puede pasar”, “solo con Dios la vida tiene sentido”. Por varios meses traté de seguir viviendo como si nada pasara. Pero, esa presencia cada vez era más fuerte. Al inicio ni siquiera sabía lo que me pasaba. Me sentía desconcertado. Cometí el error de no buscar apoyo, alguien que me acompañara en ese transitar particular. Sin embargo, nunca había oído de una persona que pasara por esto. Es más, tenía pánico, vergüenza y sentía que me iban a juzgar; todos me verían como un anormal. La base sobre la que estaba cimentada mi realidad se había quebrado en mil pedazos. Sentía que había caído en un abismo.

     Comencé a dudar de Dios, de Jesús, de la iglesia. A lo largo de varios años, surgieron preguntas que me atormentaban: ¿Realmente creo en Dios? ¿Realmente la realidad de que el hombre es religioso muestra que necesita de alguien o algo superior a él mismo? ¿Es el Dios de los cristianos real y el único? ¿La vida carece de sentido sin Dios? ¿Cómo es que existe todo? ¿Tiene que haber un Dios para que exista? ¿Realmente quiero a Dios en mi vida? ¿Por qué he estado creyendo en un Dios a quien ni siquiera tuve la oportunidad de elegir? Algunas veces pensé que me hubiera gustado nacer en un entorno no cristiano, para saber si hubiera creído en lo divino, y específicamente en el Dios que vino a revelar un carpintero judío llamado Jesús.

     Quizá esta crisis fue la respuesta a mis oraciones. Antes de que la luna se hiciese compañera de mis insomnios le oré a Dios que sacudiera mi forma de ver la fe. Confieso que también puse de mi parte... Y tuve lo que pedí. Pero jamás imaginé el camino que emprendería ni cómo se iba a sentir el proceso. Algunos años después, no recuerdo cómo exactamente llegué a esa decisión, comencé a escribir un diario para exteriorizar los pensamientos que me acompañaban, las emociones que me inundaban, la agonía tan precisa que no dejaba que sucumbiera ante la nada ni que me levantara.

     Fueron años paradójicos. Un día escribía: “Hoy tuve una plática con Dios”. Un par de días después apuntaba: “Ahora que estoy dudando de la existencia de Dios, no sé si sea costumbre o muestra de que Dios es real y que el hombre necesita de Él, que siento la necesidad de orar, de clamar a alguien superior”. Y más tarde anotaba: “No soy capaz de creer que Dios realmente se hizo un ser humano, que habitó en la tierra como hombre, Jesús de Nazaret; que el reino de Dios es real, entre el ´ya y el todavía no`; que este Dios realmente vaya a venir algún día a gobernar toda su creación; también, que Jesús haya resucitado, y que haya sido concebido por el Espíritu de Dios. ¿Dudar de esto me hace un no creyente o es que nunca lo he sido?”. Otro día escribía: “¿Por qué no soy capaz de cuestionar la existencia de Dios, sino que simplemente la doy por hecho?”. En otra oportunidad anoté: “¿Acaso soy ateo y no he querido darme cuenta?”. “¿Por qué aún sigo considerando a Dios? ¿Será una maldición?”. Recuerdo que justo después de escribir esta pregunta expresé: “eso sonó muy fuerte”.

     Varias veces me rehusé a orar, estaba cuestionando mi fe. No quería orar solo por costumbre y sin estar seguro de que había alguien que escuchara. No asistía a la iglesia, o me salía a mitad del culto. Sentía que toda mi vida había pasado dentro de las cuatro paredes de un templo. Llegué a la conclusión de que si ser cristiano consistiese en hacer cultos, ya hubiera apostatado de la fe. Algunas veces, parado desde el púlpito de una iglesia, con camisa blanca, corbata (¿a quién se le ocurrió que una soga era sinónimo de formalidad y elegancia?), mientras mis labios predicaban, pensaba: ¿Todos ellos creen en Dios? Para muchos, me había apartado de la fe (quizá no estaban tan equivocados), era una decepción, y estaba desperdiciando la preparación que tenía.

     ¿Los animales tienen este tipo de cuestiones? Si la respuesta es no, ¿debo envidiarlos o debo estar orgulloso porque el hombre sí puede? Me inclino hacia la segunda opción. Y si la respuesta es sí, ¿cómo lo resuelven? En fin.

     A lo largo de los años la noche se convirtió en una agradable compañera. Pero, hubo momentos muy oscuros en los que exclamaba desde mi interior: “¿quién me puede salvar, librar de este laberinto en el que estoy? ¡Ya no quiero estar así! Tengo miedo. Hoy sentí que caí a una etapa más profunda de crisis, ¿cuándo saldré?”. En ocasiones, volvía a leer lo que había escrito meses atrás. Una vez, anoté lo siguiente: “Me preocupa leer lo que he escrito. Sin embargo, me asusta aún más y me da pánico no sentir nada al leerlo”.

     ¿Es posible transitar una crisis de fe sin pronunciar alguna blasfemia? En una oportunidad comenté: “entiendo que solo en Dios/Jesús se encuentra el sentido de la vida, pero ¿acaso no habrá otras opciones?”. Recuerdo que mi cuerpo se estremeció al escribir esa pregunta.

     Realmente estaba mal. Sin embargo, en medio de esa oscuridad, en un par de ocasiones expresé: “Mi mayor temor no es mi propia incredulidad, sino descubrir que Dios ya no cree en mí. ¿Cuál es el camino que lleva a ti? No lo encuentro, no lo veo. O ¿acaso eres Tú quien viene a mí? Apúrate, ¡por favor! ¿Acaso nos tenemos que encontrar en alguna parte? Ven a buscarme, pues me perdí”. “Si es verdad quien dices ser, si es verdad lo que dicen de ti, ayúdame a creer en ti. Me cuesta creer, no soy capaz, pero quiero, en verdad quiero. Ayúdame a creer en ti”.

Análisis: En broma pero en serio

     Una crisis de fe es como una sobredosis de droga, uno siente que va a morir. Las causas son distintas de persona a persona, y la manera en cómo estalla también es diversa. En algunos casos puede ser de un instante a otro, y en otras ocasiones paulatinamente. Asimismo, la intensidad en cada caso será distinta, así como el tipo.

     No existe una serie de pasos después de los cuales todo estará bien. Me gustaría decir lo contrario, pero la realidad es distinta. Al autoevaluar mi caso, considero que si hubiera sabido que era normal tener crisis de fe, no me hubiera atormentado tanto, ni la crisis habría durado tanto tiempo. A quien tuviera que pasar por esta situación, algunas cosas que pueden servir de ayuda en este peregrinaje son las siguientes:

  • Aceptar que se está pasando por una crisis de fe. Tratar de negarlo es un sufrimiento en vano. Hay que hacerle un espacio a la crisis en la habitación, y sobre todo, asegurarse de que esté cómoda. Puede ser de mucha ayuda preguntarle si le gusta desvelarse o si prefiere madrugar, si le gusta caminar o si prefiere sentarse en las bancas de los parques, o en las bancas de una Iglesia (recomiendo los días en que no hay misa, la paz que se respira es sumamente grata).
  • Mantener la calma. Esta puede ser una buena oportunidad para aprender a usar bien el diafragma. Hay un dicho que dice: “darle tiempo al tiempo”. En cada caso, la duración de una crisis es diferente.
  • No sentir vergüenza de tener dudas respecto a Dios, Jesús, la iglesia, etc. Es normal que un cristiano pase por crisis de fe, más de lo que uno podría imaginarse. Si algún cristiano cree tener una fórmula mágica para solucionar la situación, está mintiendo, hay que perdonarlo, no sabe lo que dice; leer la Biblia, orar y ayunar no hace que la crisis desaparezca.
  • Afrontar la crisis.
  • Tener personas que acompañen en todo el proceso (con una es suficiente), alguien con quien poder expresar las dudas, que sepa escuchar sin juzgar. No necesariamente tiene que ser alguien que entienda lo que uno está viviendo o que también haya pasado por crisis. Puede ser un amigo, algún familiar, el pastor de alguna iglesia o algún cristiano.
  • Exteriorizar los pensamientos. En mi caso, fue muy liberador poder expresar lo que pensaba, algunas veces fue por escrito, y otras veces sucedió al darle un altoparlante a mis pensamientos. Confieso que en varias ocasiones me asustaba mucho al darle vida a algunas ideas.
  • Y por último, es importante seguir congregándose, leyendo la Biblia y orando.

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